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Publicación de la Corresponsalía de Prensa Latina en Sancti Spíritus, Cuba

Villa del Espíritu Santo, Monumento Nacional. Fundada en el centro de Cuba en 1514.

 

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Un sitio imprescindible para un mayor acercamiento a la vida y obra de Ernesto Che Guevara. 

"Teté, no traiciones" 

Testimonio de Delsa Puebla Viltres (Teté), una de las capitanas del pelotón Las Marianas, formado en la Sierra Maestra. 

 Conocí al Che en el mes de agosto de 1957, no recuerdo el lugar exacto, tal vez fue muy cerca de Palma Mocha, en la Sierra Maestra, y creo que fue por la tarde, pero no estoy segura, tenía 16 años de edad. Me había incorporado a la tropa de Fidel en el mes de junio de ese mismo año. 

Recuerdo que antes de conocerlo, ya tenía referencias de él, incluso le habían sacado una canción, que habla de su valor: de cómo el ejército de la tiranía no podía con él; de cómo bajó las lomas hasta San Pablo de Yao, y tenía un estribillo que decía: "Che Guevara olé, Che Guevara olá."

 También contemplaba una crítica, parece que al principio no era muy cuidadoso con la limpieza de su arma. El narró ese hecho en los pasajes de la guerra, cuando escribió que Frank País, al ver su fusil sucio comenzó a limpiarlo y eso fue una gran enseñanza para él. Esa canción no me la sé completa, él se reía mucho cuando la escuchaba.

En el mes de noviembre de 1957, me enfermé, con fiebres muy altas y el doctor Martínez Páez decidió que debía quedarme restableciéndome en el campamento del Che en El Hombrito. Cuando él me vio se preocupó mucho por mí, me reconoció, me preguntaba cómo me sentía, si mejoraba o no, fue una atención constante. Aprecié su gran condición humana porque ese trato era igual para todos.

El Che, además de combatiente y jefe cumplía sus funciones de médico: cuando herían a un compañero, personalmente se ocupaba de curarlo. Si alguien tenía un dolor de cabeza, iba a ver qué le pasaba. Sin embargo, cuando le dolían las muelas a los combatientes disfrutaba sacándolas. Los campesinos lo venían a buscar lo mismo de día que de noche; hasta hizo partos en la Sierra Maestra. Se creó una leyenda en torno a las atenciones médicas del Che que aún perduran. 

También era maestro, alfabetizó a varios compañeros y se preocupó para que todos los que no sabían leer y escribir aprendieran, no solo con los combatientes del Ejército Rebelde, sino también con los campesinos.

Estaba atento ante los problemas personales de todos, si alguien tenía alguna situación familiar trataba de ayudar a resolverla. No podía ver a nadie triste, se daba cuenta enseguida y buscaba la forma de conocer las causas y resolverlas si estaban dentro de sus posibilidades. El tenía algo en su personalidad que lo distinguía del resto de los compañeros. 

Para la tropa era como un padre o un hermano mayor. Estableció relaciones de respeto y disciplina, pero a la vez de afecto y yo diría que muy fraternales. Por eso sus hombres lo admiraban y querían tanto y estaban dispuesto a cumplir cualquier misión que él les encomendara.

Mientras estuve en El Hombrito, se produjo el combate de Mar Verde, en esa ocasión murió Ciro Redondo, cuando el Che regresó se reunió con nosotros para informarnos los resultados de esa acción, cuando se refirió a los caídos le rodaron lágrimas y eso me impactó muchísimo, porque un gran guerrero era capaz de llorar de sentimiento ante un dolor semejante.

Recuerdo también que era un hombre que amaba la poesía, en los días de mucho frío y lluvias intensas durante los cuales la tropa no podía salir a explorar, leía poemas, no sé si eran suyos o de otros autores, pero lo cierto es que amaba mucho la poesía. 

El me ponía la mano en el hombro y me preguntaba siempre, buscando la forma en que me sintiera bien y sanara lo más pronto posible. 
En diciembre me volví a unir a la columna de Fidel, y ya no volví a verlo hasta la etapa de la ofensiva.

En esa ocasión el Che se ocupaba de los abastecimientos, las comunicaciones y los mensajeros. Una mañana, cuando aún no había amanecido, la aviación comenzó a bombardear. Teníamos varios enfermos y heridos y el Che no se metió en los refugios hasta que todos habían entrado, incluso una de las bombas nos salpicó.

Estábamos con él Irene Mompié, Miguel Alvarez, otros compañeros y yo. El Che infundía mucho valor, todos nosotros al verlo desafiando el bombardeo nos sentíamos estimulados. Esos gestos de indudable coraje nos fue formando. 
Durante la batalla del Jigüe, muchos guardias cayeron como prisioneros o heridos. 

El me mandó a buscar y me dijo que había que entregarlos a la Cruz Roja Internacional, que el ejército de la tiranía no quería aceptar una tregua, porque ello significaba admitir la derrota y que era necesario que llevara un mensaje a los jefes enemigos que se encontraban en Las Vegas de Jibacoa, me explicó que podían sucederme tres cosas: que me mataran, que me hicieran prisionera y me torturaran, o que aceptaran la tregua y me respetaran. Me pidió que pensara en lo más grave de las posibilidades antes de responderle.

Le manifesté que estaba dispuesta a cumplir esa misión. Me dijo: "Bueno, Teté, lava tu uniforme, plánchalo, tienes que ir bien bonita y con tu brazalete del 26 de Julio, que no puedes permitir que te lo quiten." 

Al otro día por la mañanita fue a donde yo estaba durmiendo, me levantó y me dijo : "Teté, llegó la hora." Me tenía preparado té y un mulo listo para partir. Me advirtió que quizás me quisieran llevar para Bayamo, pero que no lo aceptara, me explicó lo que tenía que responder ante cada posible pregunta e interrogatorio y que si tenía oportunidad observara las trincheras, el lugar donde estaban emplazados los cañones, la cantidad de efectivos y toda la información posible. Como despedida me expresó: "Teté, no traiciones." 

Esas palabras me produjeron un dolor muy grande y comencé a llorar, él me abrazó fuertemente, con mucha ternura y cariño y me dijo: "No, no, Teté, no es eso lo que he querido decirte." Ese hecho no lo olvidé y cuando cumplí la misión se lo dije a Celia Sánchez, ella se rió y me dijo que él me había dicho así para fortalecerme y darme valor. Después él mismo habló conmigo y me explicó esa situación. 

La partida era a las 6:00 de la mañana y debía regresar alrededor de la 1:00 de la tarde. Me arreglé muy bien, y salí en el mulo, pero los bombardeos eran muy intensos, tuve que refugiarme en varias ocasiones y en una de ellas el mulo se soltó y del susto se perdió, por lo que tuve que continuar a pie, observando las vueltas de los aviones para poder avanzar. 

Llegué al campamento enemigo después del mediodía. Me vi en la necesidad de esperar a que viniera de Bayamo Merob Sosa, que era el jefe de la zona. Los guardias me trataron con respeto, me ofrecieron almuerzo y querían llevarme para Bayamo, me preguntaban acerca de qué hacía una muchacha tan joven y bonita en la Sierra Maestra. Merob Sosa leyó la carta que envió el Che y aceptó la tregua. 

Regresé a nuestro campamento como a las 6:00 de la tarde, no sé cuantos metros me cargaron mis compañeros: La alegría era mucha porque habían pensado lo peor. Le entregué al Che el mensaje, ya estaba allí Fidel y ambos analizaron la situación. El Che me llamó y me explicó que tenía que regresar con la respuesta y partí nuevamente. 
Llegué a las líneas enemigas como a las 10:00 de la noche. El capitán leyó el mensaje y ordenó que me prepararan una cama. Me acosté, pero cuando los jefes dormían fui a conversar con los saldados que estaban de guardia, tratando de obtener las informaciones que me habían orientado. De esa forma conocí dónde estaban las trincheras, el mortero y otras cosas.


Cuando el Che llegó a Las Vegas de Jibacoa con nuestras tropas y los prisioneros y heridos, fue todo muy emotivo, porque incluso se encontraban hermanos y tíos en uno y otro ejércitos. El Che aceptó la invitación que los guardias le hicieron de montar en un helicóptero, comer y fumar tabaco. Después de ese episodio, se formó el pelotón de Las Marianas Grajales. Soy una de sus dos capitanas, la otra era la compañera Isabel Rielo.

Al triunfar la Revolución me dieron la responsabilidad de atender a las víctimas de la guerra de la (antigua) provincia de Oriente, tenía la orientación de darles un trato por igual a todos, sin importarnos si eran hijos de rebeldes, miembros de la dictadura o de sus órganos represivos, o de los campesinos. Atendimos a todos los niños huérfanos. El Che se preocupó por esos muchachos y a pesar de sus múltiples responsabilidades, buscaba tiempo para interesarse por ese trabajo. 

Cuando visitó Yara, pueblo donde nací y vivía en aquellos momentos, fue hasta mi casa para saber cómo me sentía, qué problemas existían, le expliqué en detalle y cuando le informé que algunos sacerdotes de Oriente me estaban ayudando, se rió y me preguntó: "Teté, ¿qué hiciste para convencerlos?".

A muchos de esos niños los adopté como hijos, unos y otros me buscan, el día de mi cumpleaños, el 9 de diciembre, ya son profesionales y viven en diferentes lugares. Tengo tres hijos propios, pero los hijos de todos me dicen abuela. 

Una vez que enfermé vinieron todos a verme y por poco muero de asfixia, porque no me dejaban respirar. Todos se llevan muy bien y no hay distinciones entre ellos, todos están dentro de la Revolución y esa es la mayor felicidad para mí. 
Del Che todos debemos aprender, aunque sea un pedacito. 

Se oponía a los privilegios, vivía y exigía que se viviera como el pueblo, defendía el criterio de que los cubanos debíamos consumir lo que produjéramos, que no debíamos depender de nadie, que nuestros productos había que fabricarlos con calidad internacional. El Che hablaba del respeto al pueblo y que debíamos ofrecerle lo mejor que tuviéramos dentro de las posibilidades. 

(Tomado del libro Che entre nosotros, de los autores Adys Cupull y Froilán González)

 

 

 

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