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Publicación de la Corresponsalía de Prensa Latina en Sancti Spíritus, Cuba

Villa del Espíritu Santo, Monumento Nacional. Fundada en el centro de Cuba en 1514.

 

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José Martí: Patria es humanidad

Mercedes Santos Moray

 El primer mes del año tiene aires de magia sobre la Isla. El invierno trae la lluvia fina, no la nieve, y el viento que golpea la anchurosa bahía de La Habana.
   Es la madrugada del 28 de enero de 1853. En las calles de la ciudad intramuros las voces de los mercados duermen, así como los esclavos domésticos ya se aprestan a realizar sus labores, en silencio para no despertar a sus amos.

   Sin embargo, y en una modesta vivienda de la calle de Paula hay inquietud, nervios que se disparan ante la grata llegada del recién nacido, el primer hijo, el que ser el único varón de la prole de aquella pareja de españoles, del valenciano Mariano y de la canaria Leonor.

   El pequeñuelo se llamar José Julián. Pronto conocer la brisa del mar que se respira por la Alameda, el cariño en el regazo de su madre,  la áspera caricia de su progenitor, mientras la vida continúa su curso en aquella zona de la ciudad, entre marineros, soldados y comerciantes.

   Sólo que aquel niño -uno de tantos que han nacido en la "siempre fiel isla de Cuba", en tiempos de la colonia, uno de los criollos que vieron la primera luz en ese mes de enero de 1853-, ser el Apóstol de la independencia de su pueblo, y también su mayor poeta.

Crecer , como cualquier niño de su ,poca, entre libros y pizarras, ante las carencias del hogar, junto con sus hermanas, y espigar con apetito por la lectura, hasta encontrar el abrigo de un maestro del calibre de Rafael María de Mendive, y comenzar a sentirse diferente en aquel medio donde el criollo era la alteridad del colono, semillero de lo cubano.

   A ese hombre que sólo vivió 42 años, de pobreza impoluta, en Cuba se le venera. Sus poemas, sus textos se devoran tempranamente desde la niñez.

   Por él aprendemos todos a cultivar la rosa blanca para el amigo sincero que nos da su mano franca, como también a mantener la dignidad y el decoro ante cualquier injusticia que se cometa contra un ser humano, en cualquier región de la tierra.

   ¿Cómo es posible ese misterio? Ser , según las palabras de otro de los grandes José que ha tenido Cuba, ese poeta extraordinario que fue Lezama Lima, que en Martí tenemos el misterio que nos acompaña, porque fue el único que llegó a la casa del alibi.

   Mas a la metáfora poética se suma el amor entrañable del soldado, del campesino, del estudiante, de los m s sencillos, anónimos y diferentes hijos de la nación, que siente cómo crecieron sus raíces, su entramado sustancial desde aquella madrugada del 28 de enero de 1853, cuando comenzamos a ser auténticamente m s cubanos.

   La palma que es símbolo, y que desde la poesía fundadora de José María Heredia, expresa nuestro ser, también transita por la escritura de José Martí, como novias que esperan, y que en ,l alimentaron al emigrado, en otras realidades vitales, con la nostalgia y el amor a la patria.

   Es Cuba, imperecedera, viva, como una flor que nos ilumina cada 28 de enero, estemos donde estemos. Porque con ella habitamos nuestro espacio, vivimos el tiempo del presente, nos proyectamos hacia el futuro sin perder la memoria histórica del pasado.

   José Martí no es un recodo del camino, es el camino mismo. Es la esperanza y la fe, la voluntad intransigente, la irrenunciable vocación de justicia, soberanía e independencia que nutre el espíritu de su pueblo.

   En su vida apostólica -Apóstol fue el calificativo que le dieron sus coetáneos en el frío exilio norteamericano-, no sólo contribuyó a unirnos, para emprender la marcha de la guerra de 1895.

   Nos conduce hoy, y seguramente lo hará también mañana, unidos como pueblo, incorporado su ejemplo, sus virtudes, esa pasión tan suya que fue la entrega generosa a los ideales m s puros, con modestia y humildad, pero con singular firmeza para hacer de Cuba no un paraíso terrenal, sino un país independiente, trabajador y noble.

   Aprendimos en las páginas de su vida, en sus versos, en sus cuadernos de apuntes, en la anchurosa producción periodística, en toda su prosa, y sobre todo, en las lecciones de ética que nos dejó, los principios de la solidaridad, del amor como energía revolucionaria, ese incorporado y orgánico sentido de la dignidad y el decoro que nos hace m s plenos y libres.

   El sentido de nuestra americanidad, es decir, de pensar primero en la América nuestra como pasión y necesidad históricas, y en la aprehensión esencial de que "Patria es humanidad".

 

 

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® El Nuevo Fénix. Fundado el 23 de diciembre de 1999. ISSN 1607-3428

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