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Publicación de la Corresponsalía de Prensa Latina en Sancti Spíritus, Cuba

Villa del Espíritu Santo, Monumento Nacional. Fundada en el centro de Cuba en 1514.

 

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José Martí y sus Escenas Norteamericanas

Luis Suardíaz
 

Todo el que conoce la obra de los poetas que en el último tercio del siglo XIX quebraron lanza por la modernidad en nuestra América sabe que si la poesía fue su pasión, la prosa fue la forma expresiva donde con más frecuencia se manifestaron, y a menudo su modo de garantizar lo esencial para el vivir, sin bajar la frente ni rebajar el tono. José Martí lo expresó sin ambages en su poema Hierro.

Ganado tengo el pan: hágase el verso. El pan lo ganaba en ocasiones "sumas hilando y revolviendo cifras", más otras diciendo todo lo que se podía desde Nueva York a los influyentes periódicos de Hispanoamérica y de la propia Unión.  

Buena parte de ese periodismo de excepción se conoce como Escenas Norteamericanas, porque en forma de inigualables crónicas da una visión de la vida cotidiana de Estados Unidos. Como bien dice José Cantón Navarro, en el prólogo a la edición de la Biblioteca Familiar, más de doscientas crónicas envió Martí a distintos órganos periodísticos y aquí se incluye una veintena escrita entre 1883 y 1892 que aborda los más diversos asuntos, desde los mecanismos del comercio -y no en una de sus crónicas, sino en enjundioso artículo- al entramaje social formado por los mayoritarios nacidos en América y los  numerosos que vienen del viejo mundo buscando una salida a la luz.

La muerte reciente de Karl Marx ocupa los últimos párrafos de la crónica fechada en marzo de 1883 y deben ser leídas esas líneas con atención, porque mucho dicen, pero más sugieren. Sin conocer su obra escrita de manera exhaustiva, da lo esencial de la personalidad de Marx al afirmar: El veía en todo lo que en sí propio llevaba; rebeldía, camino de lo alto, lucha.

No es posible glosar siquiera una parte de estas henchidas crónicas -que no siempre escaparon a la censura de los excesivamente prudentes directores de periódicos- pero baste decir que casi todos los oficios y oficiantes son descritos o mencionados, así como la avidez de los monopolistas, la razón de las huelgas. Pero al menos detengámonos en el final de la publicada en La Nación el 2 de febrero de 1887.

Los obreros del carbón reclaman sus menguados derechos y la compañía no solo se niega, sino contrata a los que Martí llama espías de la agencia Pinkerton -cuya oscura entraña siempre fustigó- que atacan a los huelguistas y matan a un niño. Los obreros no ripostan con acciones vandálicas, sino que desfilan firmes y ponen sobre el féretro del inocente una corona con esta simple y suficiente frase: A nuestro compañero.

Y la crónica termina así: Junto a la tumba rompió en sollozos la madre del niño asesinado. Los hombres, los diez mil hombres, se volvieron a sus tugurios sin comida caliente, y sin carbón. La compañía cotizaba sus acciones a 67 el año pasado, y este año las cotiza a 135.  

 Al elogiar al virtuoso padre McGlyn, excomulgado por el Papa, Martí pregunta en 1887: ¿Con qué el que sirve a la libertad no puede servir a la iglesia?... ¿Con qué la iglesia no aprende historia, no aprende libertad, no aprende economía política?

Todo el tenebroso proceso que terminó con el asesinato legalizado de los obreros mártires de Chicago a fines de 1887 está contenido en una de las crónicas magistrales del siglo XIX, y seguramente la más notable sobre este doloroso acontecimiento, aparecida en La Nación con el título de Un drama terrible. Allí no solo brilla el talento del redactor, sino que una vez más prueba que él sí se preocupaba por aprender historia y economía política.

Rubén Darío, entre otros ilustres y modestos lectores, conoció lo fundamental sobre Walt Whitman por la crónica de abril de 1887 que aquí no podía faltar. En otras aparecen los científicos, la muerte de Grant, los argumentos de los anarquistas.

Y, con todo su honor la mestiza de indio y mexicana Lucy Parson que reivindica a su marido y a todos los que como él fueron víctimas del amañado proceso de Chicago. Presenta más adelante, y fustiga sin tregua, al inescrupuloso abogado de los ricos, describe con igual lujo verbal el paisaje de un domingo en primavera o el escenario de las batallas cívicas.

Por eso en su reciente Cuaderno de Nueva York, uno de los pocos
poemarios que conocen sucesivas ediciones en la España de hoy, el Premio Cervantes, José Hierro al pasar cerca de la oficina donde Martí juntaba el día con la noche en su laboreo solitario y fértil, escribió:

Reina el silencio en esta calle.

Y al trasponer la puerta

el silencio resulta doloroso.

Una luz azulada

ilumina la mesa donde un hombre

sincero, de donde crece la palma,

cincelaba,

tallaba, bruñía

las palabras

más hermosas del españo

las más recién nacidas

y las enfilada en proclamas,

esperanzas, nostalgias,

sin sospechas que redactaba

su testamento de muerte y esperanza

corroborado cara al sol.

 

 

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® El Nuevo Fénix. Fundado el 23 de diciembre de 1999. ISSN 1607-3428

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