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Publicación de la Corresponsalía de Prensa Latina en Sancti Spíritus, Cuba

Villa del Espíritu Santo, Monumento Nacional. Fundada en el centro de Cuba en 1514.

 

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José Martí, el orador

Pedro Pablo Rodríguez

Tenía 24 años de edad aquel joven que con cierta timidez pedía la palabra en la Escuela Normal de Guatemala. Era un sábado en la mañana y continuaban las sesiones que su director, el cubano José María Izaguirre, organizaba para que los alumnos compartiesen con las personalidades de la vida intelectual del país.

   El joven comenzó con voz algo insegura, dicen que desdoblando temeroso sus períodos y admirando a sus oyentes con su buena dicción.

 En breve se estableció una misteriosa simpatía entre el público y el orador, y la voz de éste tomó una tonalidad rica en vigor y persuasión, y el tribuno se reveló en una oratoria lujosa y exquisita, como la clasificó uno de sus oyentes. Terminó confuso y jadeante y bajó de la tribuna abrumado por el estruendo de los aplausos.

   Era abril de 1877 y el joven José Martí apenas llevaba unos días en la Ciudad de Guatemala contratado como profesor de literatura de la Escuela Normal. Varios de los allí presentes han testimoniado la admiración de la asistencia ante aquel joven cubano a quien la mayoría sólo conocía en aquel momento, cuando pidió la palabra para hablar de un libro reciente del poeta guatemalteco Francisco Lainfiesta.

   Desde entonces su palabra fue solicitada en numerosas ocasiones y se dice que algunos círculos clericales opuestos al régimen liberal que imperaba en la nación centroamericana comenzaron a llamar a Martí el Doctor Torrente: tanta era la fuerza de su oratoria que lo que pretendió ser una burla peyorativa hoy nos sirve para comprender su fuerza impetuosa que se derramaba potente sobre su auditorio.

   En México ya Martí había usado de la palabra en algunas reuniones de intelectuales, pero fue Guatemala el lugar donde nació en verdad aquel mago de la palabra, como le llamó muchos años después Máximo Gómez, el dominicano que le acompañaría como general en jefe a la última guerra por la libertad de Cuba.

   Para un hombre comido del ansia de la comunicación, la vía oral resultaba extraordinariamente atractiva, más cuando en su caso desde bien joven supo ganarse a sus interlocutores con su simpatía, su don de gente y su carisma. Fue un verdadero "causeur" para quien cualquier salón estaba siempre abierto, e igualmente supo manejarse ante la tribuna, cuando el orador es el centro de la atención del público que calla para escucharlo.

   Indicativo de sus condiciones es que un grupo de jóvenes
guatemaltecos le pidieran clases de oratoria, como exactamente igual le ocurriría en 1881 cuando arribó a Caracas. Para aquellos alumnos, con fina percepción de la originalidad expresiva del maestro, se trataba de aprender una nueva manera de hablar para manifestar también nuevas ideas.

   La noche del 21 de marzo de 1881 el verbo martiano conmovió a las familias ilustradas caraqueñas en el Club de Comercio de la ciudad. Los fragmentos conservados de aquella pieza dedicada al tema de la unidad latinoamericana y en la que Martí se declaraba hijo de Bolívar, conquistaron a los asistentes. "No era un hombre; era el genio viviente de la inspiración", escribió uno de los jóvenes que allí estuvo.

   Su creciente fama de escritor se ampliaba con la de orador, en lo cual volcó, sin dudas, su original talento literario. Pero fueron quizás los cubanos sus oyentes por excelencia: a ellos tuvo mucho que decirles como parte de su brega para la independencia.

   Durante su breve estancia en la Isla entre agosto de1878 y
septiembre de 1879, Martí se dio a conocer como orador entre sus compatriotas; si la prensa autonomista no le era simpática ni le abría espacio al ideal libertador, aprovechó la tribuna cada vez que le dieron la oportunidad.

   El sepelio de un poeta amigo, el homenaje a un violinista de fuste, el brindis por un periodista destacado, la apertura de una institución cultural en la localidad de Regla, el repaso por la obra de un dramaturgo español de moda, fueron algunos de los momentos en que hechizó a los habaneros, de tal modo que en poco tiempo fue figura destacada y admirada de la vida intelectual de la ciudad.

   Esos discursos, jalonados de amor patrio, de insinuantes y a veces abiertos llamados contra el dominio español, contribuyeron a su reconocimiento dentro de la conspiración contra el colonialismo, en la que llegó a ser vicepresidente de un organismo central clandestino.

   El hombre que maduró en Nueva York, que se convirtió en una artista de la pluma leído por buena parte de Hispanoamérica, fue el orador de las entusiastas emigraciones patrióticas y del culto círculo de sus amigos latinoamericanos residentes en aquella ciudad.

   La prosa segura, de frase llena y encabalgada, de metáforas fundadoras del modernismo, de análisis emotivos, que caracteriza sus discursos emocionaba y transportaba a sus oyentes.

   Una joven cubana que fue su amiga y lo escuchó frecuentemente por esos años, lo describió así en la tribuna: "Su declamación contribuía a sugestionar. Su voz, bien timbrada, tenía inflexiones infinitas. Empezaba con tono suave y medido.

   "Hablaba despacio, convencía. Articulaba con cuidado, dibujando los contornos de sus vocablos, pronunciando un poco las eses finales, al estilo mexicano. No pronunciaba la ce y la zeta a la española. Pero cuando tocaba el tema de la patria oprimida y la necesidad de luchar por ella, crecía el caudal de palabras, acelerando el tempo: su voz tomaba acentos de bronce y de sus labios brotaba un torrente.

El hombre delgado, de mediana estatura, se agigantaba en la tribuna y el público quedaba cautivado bajo su hechizo."

   Aquellos actos patrióticos y de confraternidad latinoamericana que Martí solía organizar en Nueva York le abrieron el paso al liderazgo del movimiento patriótico y demostraron sus condiciones de unificador y organizador de la comunidad hispanoamericana residente en la urbe, entonces no muy numerosa, pero significativa por su importancia política y social.

   Por eso cuando se lanzó de lleno a preparar la guerra de Cuba con el Partido Revolucionario Cubano, que unió a los emigrados e impulsó una vasta conspiración dentro de la Isla, la oratoria fue parte decisiva de su obra política: fue medio para divulgar sus ideas acerca de la república cubana digna, de decoro, de paz y de trabajo; fue fin para reunir a quienes deseaban el cese del dominio hispano; fue movilizadora de conciencia y fuente para la ejecutoria comprometida con la patria. Su verbo encendió los entusiasmos en las poblaciones cubanas de la Florida y otros lugares de Estados Unidos, en Jamaica, en República Dominicana, en Costa Rica, en Panamá.

   Un capaz estudioso cubano, Luis Alvarez Alvarez, ha escrito hace unos años un brillante libro en el que examina la poética oratoria martiana y analiza la composición de  sus discursos, titulado La oratoria de José Martí. Válido e imprescindible esfuerzo para entender cómo él veía el asunto y de qué manera organizaba formalmente aquellas piezas que no pueden ser excluidas de su creación literaria.

   Pero el fenómeno comunicativo, el acto oratorio, el momento de la tribuna ante la audiencia, es aún uno de los misterios por aclarar en torno a Martí. No tenemos filmes, ni siquiera fotos que al menos nos muestren el ademán, la intensidad de la mirada, el gesto; para no hablar ya del tono de la voz, del ritmo de sus frases, de su elocuencia en fin. Quienes lo vieron hablan de su vehemencia, de su manera de tocar la sensibilidad y la emoción. Juan Marinello, quien quizás pudo conversar con algunos de sus oyentes, dijo así: "En nuestro héroe parlador más importa el modo de decir que el decir mismo."

   Lo cierto es que el orador logró llegar a los públicos más
diversos: aristócratas ilustrados, diplomáticos hispanoamericanos, cubanos de la clase alta, tabaqueros emigrados y campesinos mambises del Ejército Libertador en los campos de Cuba, que le aclamaron unos días antes de su muerte en combate. El periodista santiaguero Mariano Corona lo escuchó hablar a la tropa y dijo: "Se le oía como oyeron los hebreos las máximas de Cristo: con adoración bíblica, con
fanatismo de idólatras. Cuando concluyó, brotó el volcán".

    "Sólo va al alma, lo que sale del alma", escribió en uno de sus Cuadernos de apuntes al recordar lo que dijo una vez en su discurso sobre oradores, y parece que estaba halando de sí mismo. El orador José Martí cumplió lo que él mismo estableció: "Los oradores deben ser como los faros: visibles a muy larga distancia."

 

 

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® El Nuevo Fénix. Fundado el 23 de diciembre de 1999. ISSN 1607-3428

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