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Publicación de la Corresponsalía de Prensa Latina en Sancti Spíritus, Cuba

Villa del Espíritu Santo, Monumento Nacional. Fundada en el centro de Cuba en 1514.

 

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José Martí, cada vez más cercano

José Cantón Navarro  

   Hay hombres que, movidos por la más justa de las causas, interpretan con tanto acierto los problemas de su tiempo, que se convierten en hombres de todos los tiempos. Y entre esos hombres está José Martí.

   Como él mismo indicó, todo programa revolucionario debe contemplar el presente y prever el futuro. Así, creó un partido de todos los revolucionarios, uno de cuyos propósitos esenciales era garantizar que en la preparación y conducción de la guerra necesaria se sentaran las bases de la república libre, democrática y justa a que él aspiraba después de la victoria.

   Pero Martí fue mucho más lejos. Advirtió que la solución acertada de los problemas de Cuba y Puerto Rico era una necesidad vital para el porvenir de la América hispana, e incluso para el equilibrio del mundo.

   De ahí su empeño y su prisa por liberar a ambas islas hermanas, por unir en estrecho haz a todos los pueblos situados al sur del Río Grande, por sacarnos al colonialismo español de las costumbres y por impedir a tiempo que Estados Unidos se apoderara de las Antillas, "y cayera, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América".

   Vemos al Maestro actual y cercano... Confirmamos su previsión de que no basta romper los lazos visibles que nos atan a las metrópolis imperiales -por más que sea este paso preliminar y decisivo- para sentirnos totalmente libres e independientes; que, como él nos enseñó, "independencia es una cosa, y revolución otra".

   Corroboramos que es preciso, además, estudiar nuestras realidades y problemas concretos, tener en cuenta nuestras costumbres y tradiciones, robustecer el alma nacional y buscar, con criterio propio, la respuesta más adecuada a las exigencias del país.

   Comprendemos hoy, más que nunca, aquella crítica de Martí al hábito funesto de copiar a ciegas las soluciones, reales o falsas, que dan a sus problemas otros países muy diferentes a los nuestros.

   Recordamos su firme rechazo a la imitación servil de las leyes y costumbres de Estados Unidos: "Imitemos: ¡No! -Copiemos: ¡No!- Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos. (...) Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse (...) ¿Cómo con leyes iguales vamos a regir a dos pueblos diferentes?"

   Aboga Martí por una política viva, creadora, y desestima "esa política muerta que no nace directamente de las necesidades y naturaleza del país". Saluda el encuentro y el conocimiento mutuo de nuestros pueblos y afirma:

   "Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig". Para él, los jóvenes de América Latina empiezan ya a entender "que se imita demasiado, y que la solución está en crear".

   Censura Martí el envío de los niños hispanoamericanos a colegios de fama en las metrópolis norteamericanas o europeas, y refiriéndose concretamente a Estados Unidos dice que se les manda:

   (...) "a que truequen la lengua que saben mal por la extraña que nunca aprenden bien" y a que salgan de dichos colegios "con la mente confusa y llena de recuerdos de lo que trajeron y reflejos imperfectos de lo nuevo que ven, inhábiles acaso ya para la vida espontánea, ardiente y exquisita de nuestros países (...)"

   Por eso aconseja: "El premio en los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país (...)"

   "La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia (...)"

   Y continúa: "Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano".

   Desde luego que no se trata, en lo absoluto, de impugnar el progreso. Nadie propagó con mayor entusiasmo que Martí los últimos inventos y descubrimientos de su época, los avances de la ciencia y la técnica, las manifestaciones cimeras de la cultura universal.

   Y nadie proclamó con mayor energía la urgencia de que todos los pueblos latinoamericanos asimilaran esos grandes logros. Pero esto había que hacerlo de modo que no se afectara, sino que se afianzara, la independencia de esos pueblos, su identidad nacional e hispanoamericana, y ajustándose a lo peculiar de sus condiciones.

   "Injértese en nuestras repúblicas el mundo -reclamó Martí-, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas."
   He ahí uno de los más preciosos legados del mártir de Dos Ríos. Una razón irrefutable, entre otras tantas, para que consideremos a José Martí como legítimo representante no solo de su isla idolatrada, sino también de su gran patria latinoamericana, del mundo subdesarrollado que ha visto cambiar las formas de su dependencia pero no la esencia de su explotación; representante de aquellos que en cualquier parte del planeta sostienen firmemente las banderas de la emancipación nacional y social.

   Razón suficiente para que en el prócer y antecesor de nuestros tiempos que fue Martí veamos también al guía y combatiente de hoy, al compañero que comparte con nosotros la misma trinchera, desde la cual, rindiéndole el honor más alto, defiende los principios más justos y brilla con personalidad propia entre todos los pueblos del mundo la patria definitivamente libre e independiente, democrática y justa, que él soñó.

 

 

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® El Nuevo Fénix. Fundado el 23 de diciembre de 1999. ISSN 1607-3428

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