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Un día que no ha podido ser establecido con certeza del año 1529, los vecinos de la Villa de San Cristóbal de la Habana se establecieron de manera definitiva junto al puerto de Carenas. Atrás quedaban los restos de dos importantes asentamientos: el primero, en la costa sur, en la desembocadura del río Onicaginal, quizá más al occidente de lo que suponemos.

Las Actas Capitulares, muy posteriores, y otros testimonios, nos inclinan a acoger la hipótesis de que el segundo asiento debió estar a la altura del actual barrio de Puentes Grandes, denominado Pueblo Viejo, junto a los rápidos que forma el río Casiguaguas, llamado entonces La Chorrea, hoy Almendrares.

Las características del puerto de La Habana, conocidas desde 1509, de excelentes condiciones dadas las nuevas orientaciones que a la conquista y colonización habían aportado los descubrimientos de la navegación, decidieron establecer la villa al lado oeste de su canal natural, sobre una península de roca coralífica, por entonces cubierta de bosques, de las frutas más diversas y de maderas preciosas. Así nació la Villa de San Cristóbal de La Habana, con el tiempo ya solamente La Habana, nombre éste asociado íntimamente al del comarcano Habaguanex, jefe de las comunidades aborígenes que habitaban en esta latitud.

Desde fines del siglo XVII, como una tradición profundamente arraigada, hemos recibido de las generaciones que nos precedieron la conmemoración del 16 de noviembre como fecha de fundación de la ciudad y elección de sus primeras autoridades, en el lado oeste de la Plaza de Armas, lugar donde sucesivas ceibas han rememorado a aquella que debió dar sombra al Cabildo en su sesión inaugural.

Ya en 1754 se erigió en este sitio una columna conmemorativa y, en 1828, el Templete, para cuyo interior el pintor francés Jean Baptiste Vermay realizó espléndidos lienzos que recuerdan la sucesión de estos acontecimientos.

La Habana, que arriba al 470 aniversario de su existencia, posee una historia fecunda en hechos memorables que expresan también la de nuestra patria, y que, por su diversidad, tomaremos sólo algunos que nos permitan apreciar su magnitud y trascendencia.

Desde los primeros días, el enfrentamiento de los intereses políticos y económicos de la Metrópoli con las potencias europeas determinó que, como otras villas, La Habana, en 1538 y 1555, se viera incendiada y destruida por corsarios y piratas. Para defenderla de estas amenazas se edificaron Castillos, Murallas, Torres, cuyos nombres nos son familiares: La Fuerza, El Morro, La Cabaña, La Chorrera, Cojímar, La Punta... Tras sus almenas y baluartes, cientos de cañones en inacabables vigilas se empinaban al horizonte.

Su puerto, el más seguro del Caribe, se vio tempranamente colmado de flotas militares y comerciales, de ahí su economía inicial junto a la exportación de corambres y construcciones navales, llegando a poseer en el siglo XVII el más famoso astillero del Nuevo Mundo.

En la periferia de La Habana, alcanzó la plenitud, en la primera etapa de su desarrollo, el cultivo de la caña de azúcar y las vegas de tabaco, recibiendo el producto de estas últimas, como timbre de indiscutible calidad el nombre de La Habana. El conflicto creado por el monopolio y la fijación de precios a esta mercancía en los albores del siglo XVII, permitió que se manifestasen contradicciones incipientes entre la Metrópoli y su colonia, luchas que tuvieron a la ciudad y sus vecinas comarcas por escenario.

Cupo a la capital de la Isla, y particularmente a su Cabildo, la facultad de merecer tierras en la amplia jurisdicción que abarcaba, desde el Cabo de San Antonio hasta la Región Central, hecho que sentó las bases para una concentración de la propiedad agraria en beneficio de la incipiente oligarquía habanera, llamada a jugar un papel decisivo en el desarrollo complejo y contradictorio de las clases dominantes del país.

El tráfico de esclavos, que enriquecía notablemente a los comerciantes capitalinos desde el siglo xvii, creó el negrero, que tuvo como complemento y contraposición al terrateniente esclavista. El pacto, por la recíproca dependencia de los unos y los otros, propició y esbozó, unido al resto de las contradicciones propias de la dependencia colonial, la atmósfera en la que habrían de surgir las ideas sociales y políticas que conformarán el fermento de nuestra nacionalidad.

Fue en La Habana donde se gestó la conspiración abolicionista de Aponte, y al calor de aquella sangre tempranamente vertida se forjaron otras voluntades y florecieron inacabables rebeldías que eslabonan el proceso ascendente del desarrollo, el carácter y la personalidad política de los criollos.

El 28 de enero de 1853 nace, en una humilde callejuela intramural, José Martí. En La Habana transcurren los primeros años de su vida y ella fue el ámbito de sus primeras rebeldías y sufrimientos por la libertad del pueblo.

La Habana, geográficamente distante de los escenarios donde se libró la Guerra de los Diez Años, aportó, como todo el país, elevada cuota en la lucha por la liberación nacional. Los núcleos estudiantiles formados en la enseñanza de dignidad y patriotismo de José de la Luz y Caballero y Rafael María Mendive, dieron contingentes de jóvenes combatientes a los campos de la patria.

El fusilamiento de los estudiantes de Medicina en 1871 ilustra por sí solo la violencia alcanzada por la represión colonial en nuestra ciudad. Así ocurrirá en adelante, desde los días de la Guerra Chiquita, hasta los preparativos del levantamiento del 24 de febrero de 1895.

Con la abolición de la esclavitud se nutriría el proletariado agrícola en gran escala, incrementándose el urbano por el desarrollo de la industria en la capital. La contradicción burguesía-proletariado cobraba, pues, mayor importancia. No resulta extraño, en consecuencia, se gesten en esta ciudad las primeras organizaciones obreras, efectuándose aquí el Primer Congreso Obrero Nacional en 1892.

En las primeras décadas de la república mediatizada, el desarrollo del movimiento obrero y comunista cristalizará en La Habana, sede de la fundación del Primer Partido Marxista-Leninista en 1925. Al desarrollo de la clase obrera correspondió paralelamente un vigoroso movimiento democrático y antiimperialista que nucleaba la intelectualidad revolucionaria en organizaciones como la Liga Antiimperialista, fundada por Carlos Baliño y Julio Antonio Mella, en el Grupo Minorista, donde cierran filas junto a Rubén Martínez Villena y Juan Marinello, escritores revolucionarios de las dimensiones de Emilio Roig de Leuscherning y Alejo Carpentier, a quienes La Habana resulta lugar propicio para articular sus fecundas tareas.

Escenario privilegiado de las jornadas revolucionarias de los años treinta, la población habanera protagonizó la huelga política general que dio al traste con la dictadura machadista.

El estudiantado habanero es portador de tradición en la lucha por la democracia y la independencia. De la Universidad de La Habana salieron figuras con la estatura política de Ignacio Agramonte y Loynaz, Julio Antonio Mella y Fidel Castro, llamados a encabezar sucesivas etapas del proceso revolucionario cubano.

Por las calles de La Habana desfilaron, antorcha en mano, los jóvenes de la Generación del Centenario, integrantes más tarde del heroico contingente que asaltó el Cuartel Moncada. En los años siguientes, la lucha clandestina en nuestra ciudad, como en el resto de la Isla, contribuirá de manera eficaz a la victoria total y definitiva del pueblo.

El 8 de enero de 1959, Fidel, con el Ejército Rebelde, hace su entrada victoriosa en La Habana. A partir de ese momento, en años de avance ascendente, es posible consignar en apretada síntesis, la partida de las Brigadas de Alfabetización, la proclamación del carácter socialista de la Revolución, la Primera y Segunda Declaración de La Habana, la celebración de los primeros Congresos del Partido Comunista de Cuba, el XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes y la celebración de la VI Cumbre de los Países No Alineados, entre otros grandes eventos políticos, culturales y científicos.

Los años de esfuerzo y trabajo han permitido que nuestra ciudad sea digna capital del Primer Estado Socialista del Continente. Las lacras del pasado han sido liquidadas, ya no hay una ciudad para ricos y otra para los pobres, ni el juego ni la prostitución ni forma alguna de explotación subsiste: La Habana se remodela y cree armónicamente, se adoptan medidas eficaces para la preservación de su patrimonio cultural, en especial en la rica y variada arquitectura de su trama antigua, donde la revolución ha construido innumerables museos y promueve su restauración y conservación con la participación popular.

Sea, pues, ese 470 aniversario de la fundación de nuestra ciudad ocasión de fiesta y, en especial, para un llamado ardiente a la participación de todos en las tareas de conservación y en el estudio de las raíces de nuestro pueblo sobre cuyos valores vitales e imperecederos se levantan el presente y el futuro.

Eusebio Leal Spengler

 

 

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